El podcast de hoy está basado en el libro de Deuteronomio 33:29: Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, Pueblo salvo por Jehová, Escudo de tu socorro, Y espada de tu triunfo? Así que tus enemigos serán humillados, Y tú hollarás sobre sus alturas.
Escuchemos acerca de los escudos que Dios nos provee para poder enfrenter a las adversidades y a nuestros enemigos:
La vida cristiana no está exenta de peligros. La Biblia nos advierte que enfrentaremos batallas, pero no estamos desprotegidos. En Cantares 4:4, se describe a la amada con "mil escudos" colgados de su cuello, lo que simboliza la abundante protección espiritual que Dios ha provisto para Su iglesia y para cada creyente. Para resistir los ataques del enemigo, es fundamental conocer y utilizar los escudos que el Señor pone a nuestra disposición.
La Escritura menciona al menos tres tipos de escudos que representan la protección divina:
La promesa más poderosa se encuentra en Génesis 15:1. Después de que Abraham derrotó a cinco reyes, sintió temor ante posibles represalias. Entonces, Dios se le apareció en visión y le dijo: "No temas, Abraham, yo soy tu escudo".
La palabra hebrea para escudo es Magen o Meginah, que significa protector y defensa. Dios no solo nos da un escudo; Él es nuestro escudo. La Biblia repite esta verdad aproximadamente 18 veces, enfatizando que no debemos vivir manipulados por el miedo. Cuando permitimos que Dios nos gobierne y obedecemos Su Palabra, Él se convierte en nuestra defensa alrededor de nosotros.
Dios no es un escudo pasivo; es un escudo activo que interviene en nuestras batallas:
A veces, los peligros son mayores que nuestras fuerzas humanas. En esos momentos, Dios es también nuestro escondite.
Cuando las circunstancias nos sobrepasan (como un riesgo de despido, enfermedad grave o persecución), la prudencia bíblica nos llama a escondernos en Dios. No es cobardía, es confianza en que Él es nuestro refugio seguro mientras pasa la tormenta.
Para que estos escudos funcionen, debemos confiar en Dios. Confiar significa tener seguridad y esperanza puesta en Él. A menudo, queremos que Dios haga lo sobrenatural sin que nosotros hagamos lo natural (como Esconderse u Obedecer). Pero cuando hacemos nuestra parte—confiar, esperar y obedecer—Dios hace la Suya.
Como José, quien esperó 13 años en condiciones difíciles, o como el salmista que declaró: "Esperé pacientemente a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor" (Salmo 40:1), debemos aprender a esperar haciendo lo que Dios nos pide. Él no falla. Su palabra es acrisolada y Él es escudo para todos los que en Él confían (Salmo 18:30).
No estamos llamados a vivir con temor ni a ser aplastados por las circunstancias. Dios nos ha provisto escudos divinos—Siendo Él mismo nuestra protección, ayuda y escondite—para que podamos enfrentar cualquier peligro. Ya sea mediante la confianza activa, la espera paciente o el refugio en Su presencia, tenemos la garantía de que Dios desbaratará ejércitos y asaltará muros a nuestro favor. No tires la toalla; confía en tu Escudo, espera en Su tiempo y verás cómo Él te saca victorioso de toda adversidad.